Adelante

Encontré una cafetería a media calle, aunque no una “cafetería” como nos hemos acostumbrado a pensarlas con su música tranquila, baristas y mobiliario especial para transmitir alguna “estética”. Esta era un toldo; extendido a media acera, daba sombra a dos mesas plegables de madera y unas cuantas sillas interrumpiendo el flujo de los peatones. Me contó el dueño, un inmigrante marroquí, que con el toldo negro intentaba imitar el estilo de las haimas de su país, esas tiendas de campaña del norte de África hechas de telas coloridas. Luego compraría los demás colores. 

Me senté.

La cafetería no estaba ubicada en ninguna zona comercial o turística. La calle resplandecía por lo ordinaria: no había especatulares a la vista, ni casas memorables, ni siquiera un árbol delgado para darle sombra a las hormigas. Yo había pasado por ahí muchas veces, era un perfecto atajo camino a mi casa. Un “no-lugar” -para usar el término popular- inconsecuente, existiendo exclusivamente como un lugar de tránsito y, para unos pocos, un portal de entrada al “sí-lugar” -esperemos- de sus casas.

Pedí el café. 

Mientras el dueño lo servía, pensé cómo nadie -al menos nadie familiarizado con los significantes sociales de este país- habría atravesado esa calle y pensado en poner un negocio ahí salvo, quizás, un estacionamiento. Nada en ella gritaba “comercio”. Más allá de eso, nada en ella gritaba “agradable”. Estaba hecha para ser atravesada, perforada por los coches y rasguñada por las bicicletas. Un lugar que no se mira porque no hay nada por mirar. Pero quizás estaba equivocado. Claro, yo era el único cliente y, según el dueño, el primero en todo el día, pero el café sabía “fuera de este mundo” -de latinoamérica, quiero decir. Estaba sazonado con especies solo descriptiibles como “suave pimientosas”, y se preparaba calentando la cafeterá en arena con brasas debajo. Me pregunté por qué no hacíamos lo mismo con el carbón de los asaderos.

La taza de café se fue vaciando y, sin pedirlo, el dueño me sirvió otro tanto.

Me di cuenta de que esta calle era, probablemente, una de las más frecuentes en mi ruta. Al menos diez veces por semana pasaba por ella, pero nunca, hasta escuchar el rumor de esa cafetería entre mis conocidos, me había siquiera predispuesto a buscar algo, cualquier cosa, en ella. Enfrente de mí estaba el chapopote parchando baches como lagos en sobre el cemento. Del otro lado vi  el portón café de una casa y, junto a él, una ventana y, sobre la ventana, detrás del vidrio, una maceta, pequeña, de plástico, donde un promiscuo brote verde se asomaba de la tierra. ¡Ay, la esperanza!, me dije, ironizando, antes de que una mano se estirara hacia la maceta y la alejara de mi vista.  

Volví al café. Le pregunté al dueño cuántas veces más podía rellenarme la taza. El dijo que, por esta ocasión, las veces que yo quisiera.

Al lado del portón estaba un muro rosa, de ese rosa que se parece al “color piel” de los colores en primaria. El muro se extendía casi diez metros sin ningún otro detalle que lo interrumpiera salvo el retrato de la virgen pidiendo no pintar. Solo un par de ventanas y puertas más avisando que ahí vivía gente, y un hombre boleando sus zapatos bajo el umbral de su casa.

El dueño me sirvió melón con aceite de oliva y chile en polvo. Nunca había probado algo similar. El aceite envolvía al melón al entrar en mi boca, haciéndolo suave y denso como un nuevo tipo de miel, y el chile complementaba lo dulce con esa rigidez salina que hace más potente a todo sabor. La sonrisa brotó en mi cara, y le dije al dueño que esa combinación era de lo más peculiar y delicioso que había probado en mucho tiempo. Me quedé en silencio a terminar de comer el plato.

Ese día había tenido una mala racha en el trabajo, estaba estresado y cansado -como me estaba acostumbrando a estarlo-. Solo me decidí por visitar ese lugar para sacarlo de mi lista de pendientes. Pero mi corazón se sentía tranquilo. Más tranquilo de lo que había estado en todo el día. Tanto que me sorprendió percatarme de que mi pecho se sentía más ligero, y esa ligereaza me hizo caer en cuente de que, antes de llegar, se sentía apretado como con una faja. Esas incomodidades a las que uno se acostumbra. 

Miré al frente, a un coche que atravesó la calle en un instante, sin mirar a los lados, y me pregunté de dónde venía mi recién encontrada tranquilidad. 

No era solo la comida, aunque bastante tuvo que ver. Ya había comido platillos nuevos antes y no venían acompañados de esa calma. ¿Podría ser entonces algo trillado como “encontrar la belleza en las cosas pequeñas”? Esa planta en la ventana, por ejemplo. Tal vez, aunque solo decirlo me desagradabaun poco. Entonces me di cuenta de lo que era, lo que me había tranquilizado tanto en esa tarde: desde que llegué a esa cafetería, no estaba mirando adelante. En ese puesto a media calle interrumpiendo la acera, no había ningún lugar claro a dónde mirar. No había una puerta para atravesarla, ni un letrero gritando “¡dame tu atención”, o una pantalla deslizándose etérnamente frente a mis ojos. 

No había un objetivo. No había un “adelante”, ni un “atrás”, ni un “a los lados”.

La mayor parte de nuestras vidas, pensé, las vivimos atrapados en visión de túnel. Una calle infinita que se extiende y vuelve a extenderse entre dos muros -sean estos casas, edificios o, incluso el campo- atrapándonos en la delgada franja de nuestro camino. ¿Cómo no vamos a estar cansados si la estructura más frecuente que vemos es un recordatorio constante de lo lejano e inaprehensible del destino? Sigue adelante, siempre adelante, siempre adelante… Qué extraño es que no exista un “adelante”.

Así que, básicamente el argumento se reduce a “detente, y huele las flores”, concluí, fastidiado por la simplicidad de la idea. Pero bueno, me dije para consolarme, al final las ideas importantes deben repetirse todos los días. Creí recordar que Ralph Waldo Emerson lo dijo, pero en ese momento estaba concentrado en disfrutar el momento y no lo comprobé.

El dueño se me acercó a decirme que, si no me molestaba, le gustaría cerrar temprano. Había sido difícil para él aceptar que solo tuvo un cliente en todo el día y quería cerrar para pensar unas cosas, quizás llamar de vuelta a casa. Le pregunté qué horas eran en Marruecos. Son seis horas adelante, respondió, pero mi hermano sale tarde de trabajar. Me despedí y le desee lo mejor, afirmándole que volvería bastante seguido a ese lugar. Al irme lo escuché quejarse por lo difícil que era quitar el toldo. 

Al cerrar la puerta de mi coche, intenté recuperar la sensación de tranquilidad, mirar a los lados, por las ventanas, hacia afuera, pero lo único que eso me provocó fue recordarme, con las luminarias recién encendidas, que todavía debía llegar a casa para terminar de armar y enviar un archivo. Fue con esa presión con la que me detuve, frustrado, en un semáforo a esperar a que la luz pasara de rojo a verde. Siempre “verde”, siempre “adelante”. Miré a los lados, a los coches cruzando la calle frente a mí, de izquierda a derecha. Había un par de negocios abiertos, una lavandería y un dispensario de cerveza. Miré al frente.

Tomé mi teléfono, sorprendiéndome de que fue por primera vez en más de una hora, y decidí ignorar los mensajes que se acumulaban en las notificaciones. Abrí mi aplicación de música -que todos sabemos que es Spotify- y puse una canción escrita por un tejano hace cincuenta años sobre la belleza de la carretera que no se acaba y no se acaba. ¿De qué se trata el arte sino de dar excusas para encontrar la belleza en las cadenas?, pensé, antes de reprocharme por mi redescubierto cinismo. Pero la música siguió inundando el vehículo, llenando la privacidad artificial entre sus puertas con lo que me pareció una gelatina sonora. Cerré los ojos para disfrutarla. Luego recordé que el semáforo ya estaba en verde y seguí avanzando. Siempre avanzando. 

Me pregunté si el dueño de la cafetería seguiría “avanzando”. Avanzando en su misión de crear un lugar donde se deje de “avanzar”, o tal vez -probabablemente- solo soy yo el que intenta forzar ese significado en su negocio. 

Seguí en el camino largo a la casa y la canción terminó de sonar, luego empezó otra, una melodía suave donde una mujer cantaba sobre un hombre que dejó de responderle sus mensajes en internet. La gelatina cambió de color, pero siguió recubriéndome en el coche. Empezó otra canción. Le siguió otra, le siguió otra, y en el estado meditativo donde me encontraba cada canción empezó a apilar sus emociones sobre la anterior. La gelatina multicolor tenía sabor dulce, meloso, dentro del vehículo, casi como el melón con aceite de oliva y chile. Bajé las ventanas y dejé que ese sabor se filtrara, poco a poco, hacia afuera. 

No es tan malo, pensé, seguir adelante. También es en los caminos más largos es donde más se escucha la música.

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Dos meses después volví a la cafetería. No encontré el toldo haciendo sombra a la calle. No encontré un letrero que dijera “Ahora vuelvo”. Parece que el dueño también siguió adelante.

Este texto es responsabilidad de Emilio Palomino, contacto: palomino.emilio@outlook.com

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