CRÓNICA DE UN CORTOCIRCUITO
Míralos en sus jaulas de cristal, oliendo a loción cara y a miedo rancio, con el alma reducida a una moneda de cambio mugrienta. Son los prostitutos del estado, capaces de lamer el zapato que los aplasta a cambio de gozar de las migajas del banquete; pasan los días ensayando sonrisas de plástico frente al espejo mientras la dignidad se les escurre entre las piernas como orina fría. No hay nada más asqueroso que un hombre que ha vendido su propio esqueleto por un fajo de billetes y una silla con nombre grabado, arrastrándose de rodillas por los pasillos alfombrados, mendigando un año más de gracia, un gramo más de su amado veneno. Al final, cuando las luces del foro se apagan y se quedan a solas con sus botellas caras, no son más que cáscaras vacías, sombras ruidosas que huelen a cañería y a derrota, dándose cuenta -demasiado tarde, mientras se meten otra línea o se tragan otra mentira- de que cambiaron su maldita vida por un boleto de primera clase en un barco que de todos modos se está hundiendo en la mierda. Onírico episodio bukowskiano.
El foro de televisión de la avenida Universidad suele ser un frío set de luces LED y escenografía corporativa, pero la semana pasada se transformó en un anfiteatro romano de baja estofa, ideal para constatar la desnutrición intelectual que padece nuestra comarca legislativa. Quienes sintonizaron el debate de Canal 7 buscando la confrontación de dos visiones de Estado terminaron asistiendo a un espectáculo digno de una carpa de feria de pueblo, un psicodrama en vivo donde el decoro parlamentario fue ejecutado sin piedad ante la mirada atónita de una conductora que terminó haciendo las veces de paramédico emocional. Asistimos, con esa mezcla de morbo y vergüenza ajena que tanto nutre el chisme del círculo rojo potosino, al choque de dos especímenes que resumen a la perfección la decadencia de nuestra fauna pública. Por un lado, el diputado Carlos Arreola Mallol, el heraldo de la pureza guinda, un histrión consumado de la liturgia oficialista, por el otro, el diputado Rubén Guajardo Barrera, el colmilludo tribuno de Acción Nacional, un equilibrista de la técnica reglamentaria que presume de cuatro legislaturas en las costillas y que ya afila las uñas para la quinta, como si el Congreso local fuera su patrimonio ejidal. Como dijera Cioran: los que buscan el poder están impulsados por una tara interna, una incapacidad para estar solos con su propia nada.
El detonante del ridículo fue un clásico de la impostura contemporánea. En un despliegue de su habitual reactividad estéril -esa incapacidad crónica de la oposición para proponer algo que no sea un berrinche metodológico-, el legislador panista intentó un gancho al hígado invocando los fantasmas inmobiliarios y corporativos de los vástagos del expresidente López Obrador. La respuesta del morenista, sin embargo, no provino del archivo de la defensa jurídica o el dato duro, sino del fango de la falacia “ad hominem” más pedestre. Tú preocúpate por tus hijos, soltó Arreola con esa displicencia de quien se sabe inmune y protegido por el Dios de la ignominia. Y ahí ocurrió el milagro de la ingeniería política inversa, el veterano de mil batallas parlamentarias, el joven de piel curtida en el debate técnico, sufrió un cortocircuito absoluto. Al tocarle la fibra más sensible -la de sus hijos menores de edad-, la mente de Guajardo experimentó un *error 404* -not found. Su sistema operativo de corrección política y frialdad leguleya colapsó en cadena. Como si fuera un juguete de cuerda descompuesto o un disco rayado de los años noventa, el panista entró en un bucle psicótico de repetición automática: «No vuelvas a mencionar a mis hijos… no vuelvas a mencionar a mis hijos». Lo repitió a manera de tara, de mantra obsesivo-compulsivo, con la mirada extraviada de quien ha perdido el timón de su propia dignidad en plena transmisión. El desparpajo de Arreola cerró la faena con una estocada de cinismo puro que ya es patrimonio del meme local: «Cálmate loquito, respira”. El “cringe” fue total, el debate parlamentario había muerto de inanición discursiva.
Más allá del morbo que corrió como pólvora y dinamitó la paz de los grupos de whatsap potosinos, el incidente nos obliga a una disección jurídica y sociológica de esta comedia de equivocaciones. Lo que vimos en la pantalla no fue una disputa ideológica, fue el reflejo condicionado de dos empleados que responden, en el fondo, a la misma nómina de poder real, al mismo titiritero que mueve los hilos desde el búnker de la estrategia estatal.
Analicemos los perfiles bajo la lupa de la sospecha. Al diputado Arreola le apodan cariñosamente en los pasillos del Palacio de Vallejo como «El Kiwi»: café y moreno por fuera, pero intensamente verde por dentro. Su devoción por la liturgia de la Cuarta Transformación es solo la fachada de una franquicia bien pagada, su verdadera brújula política no apunta hacia Palacio Nacional, sino hacia las oficinas donde se diseña el destino del estado con una frialdad matemática. El «Kiwi» repite la palabra «pueblo» a la menor provocación, gesticula como si estuviera refundando la República y, de vez en cuando, se siente obligado a realizar piruetas circenses -como entrar al recinto legislativo haciendo malabares mediáticos o agredir verbalmente a compañeras de la tercera edad- solo para recordarle al respetable que él es el bufón de la corona. Su lealtad no es de convicción, es de pura y llana conveniencia mercantil. Viste de guinda para la tribuna, pero cobra en verde para el futuro.
Al otro lado del espejo, el colapso de Guajardo desnudó el verdadero rostro del pánico institucional. Para un panismo que ve cómo sus estructuras se desmoronan y cómo los planes de reelección se complican en las mesas de negociación secreta, la piel se ha vuelto extremadamente delgada. La reacción visceral del diputado blanquiazul no fue solo el instinto de un padre de familia ofendido, fue la desesperación de quien se sabe atrapado en un laberinto donde el miedo es el que dicta las condiciones. Su sumisión al mismo patrón no se da por el entusiasmo del negocio compartido, sino por el terror a quedar fuera del presupuesto, por el pavor a la congeladora política en un estado donde la disidencia real se paga muy cara. Cuando Arreola lo sacó del guión legaloide, Guajardo no supo cómo reaccionar porque el libreto del miedo no incluye respuestas de altura, solo incluye la parálisis. Esta es la radiografía exacta de la pobreza moral e intelectual que padece nuestra clase gobernante. Se trata de una partidocracia de clones y eunucos discursivos. Ya no importa si usted sintoniza un debate en San Luis Potosí, en Tabasco o en San Lázaro, los actores cambian de rostro, pero el casete es exactamente el mismo. Un oficialismo abyecto que renuncia a la inteligencia a cambio de la línea dictada por el boletín oficial del día, y una oposición zombi que solo existe para reaccionar con torpeza a los estímulos que le lanza el poder.
Llegados a este punto de degradación, donde la abyección se considera el mérito supremo para acceder a una curul, no debería extrañarnos que los pasillos de nuestro Congreso huelen más a promiscuidad, transas de pasillo y humos alucinógenos que a debate constitucional. La simulación está tan normalizada y es tan socialmente aceptada dentro de esa burbuja de intocables que los legisladores ya ni siquiera sienten la necesidad de guardar las formas o el pudor mínimo. Saben que, al final del día, la complicidad del mismo patrón los va a cobijar bajo el mismo manto de impunidad. El video de Guajardo rompiéndose en vivo seguirá sumando reproducciones y provocando risas burlonas en los cafés de la capital. Se unirá al catálogo de postales vergonzosas de nuestra política, justo al lado de esos clips donde vemos a otros flamantes diputados federales de alcurnia dando «vueltecitas» de pasarela a solicitud expresa del Ejecutivo para consumo de las masas. Pero mientras el círculo rojo se divierte con el chisme y devora la sangre ajena, el fondo del asunto sigue intacto, el Congreso local se ha convertido en un teatro de sombras donde los actores gritan, amenazan y entran en un bucle infinito de estupidez, pero siempre cuidando de no pisarle la cola al mismo dueño del circo. Respire, diputado, respire, que la próxima legislatura todavía hay que pagarla.



